pero sus ojos siempre parecían estar en otra parte.
Aquello me dolía más que cualquier otra cosa.
Un día, nuestra hija mayor se acercó a mí y me preguntó en voz muy baja:
—Mamá… ¿papá nos quiere menos porque somos niñas?
Aquella pregunta me destrozó el corazón.
La abracé y le dije que no, pero en mi interior aquella misma pregunta no dejaba de dar vueltas.
Tal vez esa era la verdad.
Tal vez Michael realmente estaba cansado de vivir en una casa llena de niñas.
Tal vez cada día regresaba a un hogar donde su mayor sueño nunca se había hecho realidad.
Una noche, después de que las niñas se durmieran, me senté a su lado.
Estaba mirando la televisión, pero podía darme cuenta de que en realidad no estaba prestando atención.
—Tal vez deberíamos intentarlo otra vez — dije en voz baja.
Permaneció en silencio durante mucho tiempo.
Tanto que pensé que no iba a responderme.
Entonces giró lentamente la cabeza hacia mí y, por primera vez en años, vi esperanza en sus ojos.
—¿Y si esta vez es un niño?
Sonreí.
Yo también quería verlo feliz.
Y tal vez, en aquel instante, ya había olvidado mis propios miedos, mi agotamiento y todo el dolor por el que había pasado mi cuerpo.
Solo pensaba en una cosa.
Si aquel bebé era un niño, tal vez Michael finalmente volvería a casa no solo con su cuerpo, sino también con su corazón.
Unas semanas después, descubrí que estaba embarazada.
Aquella noticia cambió nuestro hogar.
Durante meses, Michael pareció convertirse en un hombre completamente diferente.
Llegaba más temprano.
Jugaba con las niñas.
A veces incluso entraba en la cocina para ayudarme y me preguntaba qué quería comer, si estaba cansada o si me dolía algo.
Veía cómo sonreía a escondidas cada vez que hablaba del futuro.
Pensaba en nombres.
Decía que, si era niño,
PARTE 4 👆👆
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pero sus ojos siempre parecían estar en otra parte.
Aquello me dolía más que cualquier otra cosa.
Un día, nuestra hija mayor se acercó a mí y me preguntó en voz muy baja:
—Mamá… ¿papá nos quiere menos porque somos niñas?
Aquella pregunta me destrozó el corazón.
La abracé y le dije que no, pero en mi interior aquella misma pregunta no dejaba de dar vueltas.
Tal vez esa era la verdad.
Tal vez Michael realmente estaba cansado de vivir en una casa llena de niñas.
Tal vez cada día regresaba a un hogar donde su mayor sueño nunca se había hecho realidad.
Una noche, después de que las niñas se durmieran, me senté a su lado.
Estaba mirando la televisión, pero podía darme cuenta de que en realidad no estaba prestando atención.
—Tal vez deberíamos intentarlo otra vez — dije en voz baja.
Permaneció en silencio durante mucho tiempo.
Tanto que pensé que no iba a responderme.
Entonces giró lentamente la cabeza hacia mí y, por primera vez en años, vi esperanza en sus ojos.
—¿Y si esta vez es un niño?
Sonreí.
Yo también quería verlo feliz.
Y tal vez, en aquel instante, ya había olvidado mis propios miedos, mi agotamiento y todo el dolor por el que había pasado mi cuerpo.
Solo pensaba en una cosa.
Si aquel bebé era un niño, tal vez Michael finalmente volvería a casa no solo con su cuerpo, sino también con su corazón.
Unas semanas después, descubrí que estaba embarazada.
Aquella noticia cambió nuestro hogar.
Durante meses, Michael pareció convertirse en un hombre completamente diferente.
Llegaba más temprano.
Jugaba con las niñas.
A veces incluso entraba en la cocina para ayudarme y me preguntaba qué quería comer, si estaba cansada o si me dolía algo.
Veía cómo sonreía a escondidas cada vez que hablaba del futuro.
Pensaba en nombres.
Decía que, si era niño,
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